Mi padre me dijo: “Esto va a terminar mal”. Era
1971 y yo tenía 17 años. Me encontraba atrapado entre el odio de ambos
sectores. Por un lado, me era difícil no apoyar a mi padre, comprometido con el
destino de la Unidad Popular. ¿Cómo no solidarizar con una causa que defendía a
los pobres e intentaba darle dignidad a un pueblo históricamente pisoteado por
nuestros propios antepasados? Por otro lado, en mi condición de niño burgués
(como se decía entonces), mis amigos eran del Grange y de Zapallar.
Para mí era
entendible que sus familias defendieran sus fundos y empresas. Además, si bien
el Gobierno de la Unidad Popular respetó la institucionalidad democrática,
también existía el terror de que la vía chilena al socialismo derivara en la
dictadura del proletariado, por lo cual era lógico que la oposición hiciera lo
posible para impedir que el gobierno cumpliera con su programa socialista.
También este miedo fue alimentado por la propia verborrea revolucionaria de la
izquierda. En este contexto, la polarización extrema de la sociedad chilena fue
un proceso irreversible, al punto de que las propias bases sociales y
militantes de ambos sectores terminaron sobrepasando a sus dirigentes y
empujándolos asumir posiciones más radicales de las que ellos mismos deseaban.
Una vez que la oposición agotó los recursos para
desestabilizar el Gobierno, y la Unidad Popular obtuvo más del 40% de la
votación en la última elección parlamentaria, la derecha y Nixon recurrieron a
la vía armada. En ese momento, el destino del Presidente Allende y su gobierno
estaba resuelto: nada ni nadie impediría el Golpe de Estado.
A mi juicio, el Gobierno de la Unidad Popular
estaba marcado por este destino trágico. De partida, iniciar un proceso
revolucionario con el apoyo del 36% del electorado era un acto de voluntarismo
político sin precedentes. Fue también naive pensar que Estados Unidos toleraría
un gobierno marxista en el contexto de la Guerra Fría. El peligro no era que
Chile se transformara en una segunda Cuba. EE.UU. sabía que eso no ocurriría.
Lo peligroso era el precedente que dejaría en América Latina y Europa si la vía
democrática al socialismo tenía éxito en Chile. Fue también un infantilismo de
izquierda pensar que el “avanzar sin transar” y el “poder popular” lograrían
detener la insurrección de la oposición. Igualmente ilusoria fue la pretensión
del PC de llegar a un acuerdo con la DC para impedir el Golpe. La Democracia
Cristiana en su mayoría estaba a favor de la intervención armada. Finalmente,
la confianza obsesiva del Gobierno en el profesionalismo y la neutralidad de la
FF.AA. tampoco tenía base alguna. La última ingenuidad fue pensar que el Golpe
sería como cualquier otro de los tantos pronunciamientos militares en nuestra
historia. Nadie imaginó que durante 17 años se violarían sistemáticamente los
derechos humanos.
Si bien el idealismo de la izquierda tuvo
consecuencias trágicas y penosas, fue nefasta y una burla la decisión de la
derecha de apoyar una dictadura sangrienta con la excusa de defender la
libertad y la democracia. Fue ciertamente estéril intentar derrotar
ideológicamente a la izquierda asesinando, torturando y exiliando a sus
militantes. ¿Cómo justificar dicha política, si el mismo 11 de septiembre por
la tarde, según los propios bandos militares, la situación en el país estaba
bajo control absoluto?
A mi juicio, los principales responsables del Golpe
fueron la pobreza, la desigualdad y la injusticia social reinante. Después de
todo, dos tercios del país exigía cambios revolucionarios: los
democratacristianos, “la revolución en libertad”; la izquierda, “la revolución
socialista”. La desesperanza y las expectativas insatisfechas son la causa de
las revoluciones y las contrarrevoluciones. Algo que vale la pena recordar en
la realidad actual.
Si bien mi familia fue perseguida e injuriada, opté
sin embargo por mantener mis antiguas amistades durante la dictadura. No quería
que el odio y el rencor envenenaran mi alma. Haberlo permitido hubiera
significado subyugarme al desquiciamiento promovido por la derecha y la
izquierda militarista. No obstante, fue duro convivir con quienes ignoraban las
violaciones a los derechos humanos. Comprendo a quienes optaron por no
perdonar. Sin embargo, creo que perdonar es un acto de nobleza, y pedir perdón
es una demostración de grandeza y humildad. En las tragedias sociales no hay
culpables, pues finalmente todos, de una manera u otra, somos responsables. Así
de simple.
Para Tejemedios escribe
JUAN CARLOS ALTAMIRANO
LICENCIADO EN SOCIOLOGÍA UNIVERSIDAD DE ESSEX
MÁSTER EN CINE ROYAL COLLAGE GRAN
BRETAÑA