EL VETO PRESIDENCIAL

Días atrás, el Presidente Piñera envió un veto a la nueva ley de TV digital. Algo insólito, pues fue discutida por más de una década, tramitada por su propio Gobierno, aprobada por el Senado y celebrada por el subsecretario de la cartera. Incluso, el Tribunal Constitucional ratificó la legalidad de la noción de “pluralismo” en cuanto a que debe representar la “diversidad social, cultural, étnica, política, religiosa, de orientación sexual e identidad de género”. 

Cabe preguntarse si el cuestionamiento del Ejecutivo a esta nueva ley es lo suficientemente trascendental como para pasar por encima de dos instituciones y no cumplir con la promesa de tener televisión digital para el fin de su mandato.

El Gobierno vetó la ley con el argumento de que imponer una determinada definición de pluralismo implica una intromisión en la línea editorial de los medios y, por lo tanto, atenta contra la libertad de expresión. Por otro lado está el argumento de que la libertad de expresión no sólo contempla los derechos de los medios, sino que también el derecho de la población a estar debidamente informada. 

En definitiva, estamos trancados en una discusión eterna de principios. A mi juicio, es un tanto estéril intentar regular conceptos tan generales como el pluralismo. Dada la diversidad de medios de comunicación y fuentes de información existentes, son los telespectadores, las redes sociales y los usuarios los que finalmente tienen el poder para discernir si tal o cual medio es suficientemente pluralista e independiente.

Las normativas vetadas por el Gobierno se fundamentan en buenas intenciones, pero hay que reconocer que son bastante inútiles. No va a cambiar la calidad de la televisión abierta por mucho que se les exija a los canales subir de 2 a 4 horas semanales la trasmisión de programas “culturales”, junto con la obligación de trasmitir campañas de “utilidad pública”. El veto presidencial sostiene que tal disposición impone arbitrariamente una carga a los canales violando la igualdad ante la ley, debido a que otros medios, como la radio, no tienen dicha obligación. 

El contraargumento es que la televisión ocupa un espectro radioeléctrico limitado y perteneciente a todos los chilenos, por lo cual la ciudadanía tiene el derecho a exigir que el “interés público” esté resguardado. Nuevamente estamos frente a una discusión que en la práctica ha perdido relevancia. Primero, porque el concepto de “cultura” es tan amplio, que finalmente todos los canales terminan “cumpliendo” la cuota impuesta. Lo mismo ocurre con las campañas de servicio público. Los canales viven y se alimentan del drama humano, razón por la cual siempre están dispuestos a difundir estas campañas.

Si el Ejecutivo y el Legislativo están interesados en resguardar la calidad de nuestra futura televisión digital, entonces lo lógico es preocuparse de que TVN cumpla en forma integral su rol público. La calidad de la TV chilena mejoraría sustancialmente si existiera una verdadera competencia entre la TV pública y la privada, lo cual requiere que la programación de TVN sea diferente y alternativa. Esto no significa quitarle competitividad a la emisora pública. Por el contrario, si la gestión programática se realiza con profesionalismo, calidad y creatividad, entonces lo más probable es que Televisión Nacional incluso recupere el liderazgo perdido.

Por otro lado, si los canales privados —por la razón que sea— no están dispuestos a apostar por la innovación, variedad de contenidos y formatos, entonces es obligación del estado subsidiar a TVN para que cumpla con estas demandas y necesidades. Aún más, si queremos resguardar la libertad de expresión y el pluralismo, entonces sería muy conveniente que el Estado también se preocupara de que internet y la banda ancha lleguen al conjunto de la población. El resto es una discusión bizantina. Así de simple.

Para Tejemedios escribe:
JUAN CARLOS ALTAMIRANO
LICENCIADO EN SOCIOLOGÍA UNIVERSIDAD DE ESSEX
MÁSTER EN CINE ROYAL COLLAGE GRAN BRETAÑA

LA MEMORIA HISTÓRICA Y LA TV

Vale la pena preguntarse por qué, después de 40 años, la memoria del Golpe Militar se mantiene latente. Este fenómeno cultural no ocurrió con la Revolución de 1891, donde murieron más de 10 mil chilenos y terminó con el derrocamiento y suicidio del Presidente Balmaceda. Las heridas cicatrizaron pocos años después de esta sangrienta guerra civil. ¿Será porque la Revolución del 91 fue un conflicto entre la propia oligarquía a diferencia del quiebre institucional de 1973 producto de la “lucha de clases”? ¿Será porque a los balmacedistas no se les violaron sus derechos humanos sistemáticamente por el terrorismo de Estado? Sin duda estas razones pesan, pero no explican del todo el fenómeno en cuestión.

Entonces, ¿por qué razón las heridas del pasado se mantienen abiertas? ¿Se debe a la coyuntura política de las próximas elecciones presidenciales? Muchos dirán que sí. En este sentido, a mi juicio, fue un desacierto la decisión de nominar a Evelyn Matthei para enfrentar a Bachelet, dado que una es hija de víctima y la otra de victimarios.

De este modo, la lucha política entre ambas revive nuestra tragedia histórica. Además, el hecho de que la conmemoración se hiciera bajo un gobierno de derecha que busca desesperadamente no perder el poder obligó al Presidente a admitir los errores, las “complicidades” y “omisiones” del pasado. Sin duda, fue mejor pedir perdón que intentar explicar lo inexplicable. Además, dado que el propio Presidente Piñera busca ser reelecto, era fundamental para él demostrar su vocación democrática y su compromiso con la justicia, lo cual, como sabemos, agudizó aún más la contradicción vital del oficialismo entre demócratas y pinochetistas. No obstante lo anterior, a mi juicio, el profundo despertar de la memoria histórica en esta conmemoración se debió al papel jugado por los medios, especialmente por la TV.

A diferencia de la Guerra Civil de 1891, la cual quedó registrada en libros, el drama del golpe militar y la dictadura quedaron grabados íntegramente en forma audiovisual. Precisamente, el poder del lenguaje audiovisual es hacer presente el pasado. Así pues, las imágenes del Golpe son como fantasmas en pena, lo cual explica, en cierta medida, el tremendo impacto que provocó la cobertura de los 40 años. Por otro lado, para las conmemoraciones anteriores en democracia, Televisión Nacional prácticamente era el único canal que lo remarcaba en forma relativa. En esta ocasión, participaron todos los canales en una competencia desatada por conquistar el interés de los telespectadores. Hay que recordar que la TV actual vive y se alimenta del drama humano, por lo cual ningún canal estaba en condiciones de ignorar esta tragedia de nuestra historia.

El desafío no era menor. Era insuficiente repetir las imágenes de siempre para conquistar el rating. En este sentido, fue un golpe a la cátedra el hecho de que Canal 13 desempolvara su enorme archivo histórico para dar cuenta de cómo diariamente se fue gestando el Golpe de Estado. Anteriormente los programas de TV se habían centrado en denunciar las violaciones a los derechos humanos. En esta ocasión se introdujo una nueva temática: las causas del Golpe, buscando la mayor objetividad y neutralidad posibles.

El tema de la independencia y la credibilidad de los medios estaban en juego, en tanto constituyen la base para conquistar el rating. Los dueños actuales de la televisión no podían darse el lujo de entregar una visión unilateral. Para disgusto de los pinochetistas, la televisión en su conjunto puso en escena la otra cara de la moneda, cosa que no había ocurrido anteriormente. Bastó con que la historia no fuera analizada en términos de blanco y negro para que, de inmediato, se derrumbaran varios mitos y leyendas sobre las causas del Golpe.
Además del impacto que provocaron estos programas de gran calidad (por consiguiente, con buenos ratings), hubo otro actor que también marcó la diferencia con el pasado. Me refiero al efecto de resonancia que estos programas tuvieron en las redes sociales. Por primera vez la gente, el coro, constituido en esta plaza virtual que representa internet, pudo entregar su opinión y juzgar al respecto. Fue esta plaza virtual de ciudadanos la cual terminó deslegitimando la visión derechista sobre lo acontecido. Esto no significa que se haya legitimado la visión izquierdista. Significa que imperó el sentido común de no continuar intentando justificar lo injustificable. Así de simple.

Para Tejemedios escribe
JUAN CARLOS ALTAMIRANO
LICENCIADO EN SOCIOLOGÍA UNIVERSIDAD DE ESSEX
MÁSTER EN CINE ROYAL COLLAGE GRAN BRETAÑA

NUESTRA TRAGEDIA GRIEGA

Mi padre me dijo: “Esto va a terminar mal”. Era 1971 y yo tenía 17 años. Me encontraba atrapado entre el odio de ambos sectores. Por un lado, me era difícil no apoyar a mi padre, comprometido con el destino de la Unidad Popular. ¿Cómo no solidarizar con una causa que defendía a los pobres e intentaba darle dignidad a un pueblo históricamente pisoteado por nuestros propios antepasados? Por otro lado, en mi condición de niño burgués (como se decía entonces), mis amigos eran del Grange y de Zapallar. 

Para mí era entendible que sus familias defendieran sus fundos y empresas. Además, si bien el Gobierno de la Unidad Popular respetó la institucionalidad democrática, también existía el terror de que la vía chilena al socialismo derivara en la dictadura del proletariado, por lo cual era lógico que la oposición hiciera lo posible para impedir que el gobierno cumpliera con su programa socialista. También este miedo fue alimentado por la propia verborrea revolucionaria de la izquierda. En este contexto, la polarización extrema de la sociedad chilena fue un proceso irreversible, al punto de que las propias bases sociales y militantes de ambos sectores terminaron sobrepasando a sus dirigentes y empujándolos asumir posiciones más radicales de las que ellos mismos deseaban.
Una vez que la oposición agotó los recursos para desestabilizar el Gobierno, y la Unidad Popular obtuvo más del 40% de la votación en la última elección parlamentaria, la derecha y Nixon recurrieron a la vía armada. En ese momento, el destino del Presidente Allende y su gobierno estaba resuelto: nada ni nadie impediría el Golpe de Estado.

A mi juicio, el Gobierno de la Unidad Popular estaba marcado por este destino trágico. De partida, iniciar un proceso revolucionario con el apoyo del 36% del electorado era un acto de voluntarismo político sin precedentes. Fue también naive pensar que Estados Unidos toleraría un gobierno marxista en el contexto de la Guerra Fría. El peligro no era que Chile se transformara en una segunda Cuba. EE.UU. sabía que eso no ocurriría. Lo peligroso era el precedente que dejaría en América Latina y Europa si la vía democrática al socialismo tenía éxito en Chile. Fue también un infantilismo de izquierda pensar que el “avanzar sin transar” y el “poder popular” lograrían detener la insurrección de la oposición. Igualmente ilusoria fue la pretensión del PC de llegar a un acuerdo con la DC para impedir el Golpe. La Democracia Cristiana en su mayoría estaba a favor de la intervención armada. Finalmente, la confianza obsesiva del Gobierno en el profesionalismo y la neutralidad de la FF.AA. tampoco tenía base alguna. La última ingenuidad fue pensar que el Golpe sería como cualquier otro de los tantos pronunciamientos militares en nuestra historia. Nadie imaginó que durante 17 años se violarían sistemáticamente los derechos humanos.

Si bien el idealismo de la izquierda tuvo consecuencias trágicas y penosas, fue nefasta y una burla la decisión de la derecha de apoyar una dictadura sangrienta con la excusa de defender la libertad y la democracia. Fue ciertamente estéril intentar derrotar ideológicamente a la izquierda asesinando, torturando y exiliando a sus militantes. ¿Cómo justificar dicha política, si el mismo 11 de septiembre por la tarde, según los propios bandos militares, la situación en el país estaba bajo control absoluto?

A mi juicio, los principales responsables del Golpe fueron la pobreza, la desigualdad y la injusticia social reinante. Después de todo, dos tercios del país exigía cambios revolucionarios: los democratacristianos, “la revolución en libertad”; la izquierda, “la revolución socialista”. La desesperanza y las expectativas insatisfechas son la causa de las revoluciones y las contrarrevoluciones. Algo que vale la pena recordar en la realidad actual.
Si bien mi familia fue perseguida e injuriada, opté sin embargo por mantener mis antiguas amistades durante la dictadura. No quería que el odio y el rencor envenenaran mi alma. Haberlo permitido hubiera significado subyugarme al desquiciamiento promovido por la derecha y la izquierda militarista. No obstante, fue duro convivir con quienes ignoraban las violaciones a los derechos humanos. Comprendo a quienes optaron por no perdonar. Sin embargo, creo que perdonar es un acto de nobleza, y pedir perdón es una demostración de grandeza y humildad. En las tragedias sociales no hay culpables, pues finalmente todos, de una manera u otra, somos responsables. Así de simple. 

Para Tejemedios escribe
JUAN CARLOS ALTAMIRANO
LICENCIADO EN SOCIOLOGÍA UNIVERSIDAD DE ESSEX
MÁSTER EN CINE ROYAL COLLAGE GRAN BRETAÑA